La «tregua» es el nombre que los periodistas le dan al proceso
de acercamiento que los líderes de las principales pandillas de El Salvador
hicieron durante el gobierno del señor Mauricio Funes; proceso en el que
participaron representantes de la Iglesia Católica, en concreto Monseñor Fabio
Colindres y el Nuncio Apostólico Luigi Pezzuto.
Quedan excluidos de la anterior afirmación los sacerdotes
que desde siempre han visitado y siguen visitando pastoralmente las cárceles,
pero que no formaban parte de la actividad estructurada de la «tregua». Tampoco
se refiere a una participación en pleno de la Conferencia Episcopal de El
Salvador, aunque en algún momento hayan manifestado su respaldo a Mons.
Colindres y al nuncio Luigi Pezzuto.
Hecha esta aclaración, hay una serie de cuestiones que
plantea la participación de Mons. Fabio Colindres y el Nuncio Luigi Pezzuto en
el proceso de la «tregua».
1. ¿Cómo inició la «tregua»? Se trata de saber
de quién fue la idea de tener un acercamiento con los líderes de las pandillas
que operan en El Salvador. No sabemos si fue una idea del gobierno de ese
momento o si fue la Iglesia Católica la que inició el proceso. Habida cuenta
que en la «tregua» participan incluso ex guerrilleros como el señor R. Mijango
o también el señor P. Lüers.
2. ¿Qué tipo de entidad es la «tregua»? Es
decir, este tipo de modo de proceder ¿es legal o no es legal? Si fuera legal,
entonces por qué no se puede hablar de ello abiertamente y por qué el fiscal ha
decretado la captura de varias personas que participaron en la «tregua»?
3. ¿Por qué se dio un tratamiento preferencial a
los pandilleros y no así a sus víctimas?
Lo cierto es que
Mons. Colindres ha sido salpicado por la «tregua».
Es difícil saber
cómo le plantearon su participación en la «tregua» a Mons. Colindres. Es de
suponer, como ha dicho el diputado Ernesto Muyshondt, que el obispo castrense
persiguiera solamente motivos religiosos. Pero su participación no es la misma
como la que realizan tantos sacerdotes católicos y pastores protestantes que
visitan constantemente las cárceles y nunca han aparecido en los medios de
comunicación como facilitadores de la reconciliación entre pandilleros en El
Salvador.
Uno de los
problemas planteados es que Mons. Colindres no sólo es un obispo de la Iglesia
Católica, sino que además es un funcionario público. En el Diario Oficial del 5
de noviembre de 2013, Tomo 401, N° 206, pág. 41, aparece publicado lo
siguiente:
Acuerdo n. 131 (San Salvador, 31 de octubre
de 2013). El Órgano Ejecutivo en el Ramo de la Defensa Nacional, ACUERDA:
ASIMILAR por razones del servicio dentro del Servicio Religioso de la Fuerza
Armada, con base al art. 6, inciso tercero del Reglamento especial sobre la
Jurisdicción Eclesiástica Militar Arts. 8, numeral 26 y 104 de la Ley de la
Carrera Militar, al Grado de GENERAL DE DIVISIÓN EN LA SITUACIÓN DE OFICIAL
ASIMILADO a MONSEÑOR FABIO REYNALDO COLINDRES ABARCA, quien desempeñará las
funciones de OBISPO CASTRENSE DE EL SALVADOR. La presente asimilación surtirá
efectos a partir del 01NOV013; Déjase sin efecto el Acuerdo N. 078 de la fecha
31DIC, emitido por este Ministerio. COMUNÍQUESE.
DAVID MUNGUÍA PAYÉS,
GENERAL DE DIVISIÓN
MINISTRO DE LA DEFENSA NACIONAL
Está claro que Mons. Colindres tiene una plaza de Gobierno y, por tanto,
está llamado a seguir la agenda que dicta el Gobierno de turno. Algo normal,
por cierto, pero complejo cuando se confronta con la función religiosa. Aunque
no es el punto en cuestión, es normal preguntarse ¿cuánto es el sueldo base de
un General de División? ¿Cuáles son las prestaciones que tiene un General de
División: guarda espaldas, combustible, casa de habitación, transporte,
servicios médicos, etc.? Es probable que Mons. Colindres esté donando todo su
sueldo a una institución de beneficencia. Lo cierto es que él no podría acusar
a otros sacerdotes o a otros obispos de «meterse en política», porque él
ostenta un cargo público, con lo cual está directamente implicado en un asunto
político.
Por razones
históricas, en El Salvador sólo existe una sede metropolitana (San Salvador),
por tanto, tenemos un solo arzobispo y ello puede generar competiciones
internas en la Conferencia de Obispos por alcanzar ese cargo. Si la gestión
realizada por Mons. Colindres entre pandilleros hubiera tenido éxito, él
hubiera podido en principio intentar la gestión de un cardenalato para San
Salvador, que si bien no es una sede cardenalicia, sí hubieran existido los
méritos pastorales para intentar la
gestión. Nada de eso ha sucedido y, por el contrario, las perspectivas
son adversas. En contrapartida, Mons. Escobar Alas, publica una Carta Pastoralafrontando el tema de la violencia en El Salvador. Un texto, que si bien ha
sido poco y mal promocionado, su contenido abierto y aunque extraño al talante
conservador del arzobispo, lo posiciona mejor ante la opinión pública ̶ en ese punto específico ̶ que el actual obispo castrense. Las pocas
maneras de tener la misma relevancia que el arzobispo tiene se cuentan con los
dedos de las manos: erudición académica, santidad de vida, un cardenalato.
Las salpicaduras
que sufre Mons. Colindres lo han alejado del aparato mediático. Se le ve menos
en televisión o en la prensa impresa y digital. Su respuesta en una entrevista
publicada en el periódico El País, el 12 de abril del 2013, es clara:
Yo he insistido una y otra vez en que mi presencia en todo este proceso no
ha obedecido a una negociación oculta o a que la Iglesia se haya prestado a
encubrir ningún otro acuerdo paralelo. Sigo pensando que cuando muchas
personas, inclusive de la Iglesia, no logran entender el esfuerzo que estamos
haciendo, es porque les falta información y un conocimiento más profundo de
cómo se gestó todo esto.
Da la impresión que Mons. Colindres se quedó solo en su
lucha. Sus hermanos obispos probablemente no vieron con suficiente claridad los
propósitos de su implicación en las
negociaciones con pandilleros, ahora terroristas. Los demonios que él
combatiera con tanta vehemencia en otro momento como exorcista, se le volvieron
histórica y jurídicamente reales.
Ahora no sabemos cómo procederá la prudencia
eclesiástica. Si Mons. Colindres seguirá al frente del Ordinariato Militar,
junto con su colega militar Munguía Payés, cargando el lastre político que ello
implica. Si se le aplicará el principio «promoveatur ut amoveatur», es decir, «promuévasele
para moverlo» y pase a una sede episcopal alejada del barullo de la capital y
de la obsesiva insistencia de los periodistas. Un lugar donde no tenga tanto
protagonismo mediático, pero donde su espíritu recobre la paz que los «hijos de
las tinieblas» han intentado arrebatarle.
Lo cierto es que el problema social de las pandillas
sigue esperando una respuesta pertinente, es decir, integral: económica,
social, educativa, política, cultural. Ciertamente, no se resolverá recurriendo
a procedimientos de dudosa legalidad.
Si la "tregua" ha sido algo bueno, por qué nadie se quiere hacer cargo de ella, a no ser los pandilleros y sus voceros.
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