miércoles, 14 de julio de 2010

El culto público a la Eucaristía en El Salvador: ¿devoción o negocio?


La Iglesia y la Eucaristía son realidades concomitantes, una reclama a la otra. Los Padres de la Iglesia tenían claro que la Iglesia se funda en la Eucaristía; este principio se suele expresar con una frase latina: Ecclesia de Eucharistia (La Iglesia vive de la Eucaristía). Bien lo sabía el papa Juan Pablo II, que dedicó en el año 2003 toda una encíclica a la relación entre la Iglesia y la Eucaristía.

El texto bíblico que suele ser reclamado para fundar la Eucaristía es el de la última cena. En sentido litúrgico coincide con la celebración del jueves santo, que justamente se entiende in coena Domini (en la cena del Señor), dando inicio al triduo pascual, la máxima expresión de la liturgia de la Iglesia.


1.
La necesaria y permanente conversión eucarística
Para saber el auténtico y originario sentido que tiene la Eucaristía hay que retornar al texto bíblico, en este caso Jn 13, 1-15. Hay que leerlo detenidamente para sacar toda la riqueza del gesto realizado por Jesús.

El contexto es la pascua judía, que, como es de esperarse, en Juan está vinculada al tema del amor (v. 1), a la realización de los designios del Padre y en constante dialéctica con el mal (v. 2).

El primer gesto sorprendente se da cuando Jesús se despoja de su vestido de fiesta para ceñirse una toalla, disponiéndose a lavar los pies a sus discípulos.

La Eucaristía supone un constante proceso de conversión para quien participa de ella; una concreta conversión: el despojamiento de todo signo de poder que empañe su sentido originario de servicio.

Este proceso de conversión –como todos los procesos de conversión- no resulta fácil entenderlo y asimilarlo, sobre todo para los que se han habituado a vivir la eucaristía de un modo rutinario y desencarnado.

A tal punto es difícil la “conversión eucarística”, que el mismo texto presenta a Jesús y al príncipe de los apóstoles enfrascados en tremenda discusión. La cuestión se plantea así: No, le dijo Pedro, ¡tú jamás me lavarás los pies a mí!. Jesús le respondió: Si yo no te lavo, no podrás compartir mi suerte (v. 8). La vivencia eucarística pone a la persona en lo más específico del discipulado. Lleva al creyente a un punto definitorio: “o lo tomas o lo dejas”.

En este segundo gesto –la discusión con Pedro- el evangelista Juan intenta decirle a la comunidad de Pedro, en primer lugar, que la Eucaristía efectivamente es esencial para comprender el mensaje del Maestro; en segundo lugar, que esa esencialidad va entendida como bajar a los hechos concretos del servicio a los hermanos. Es como si el buen Juan le dijera al fogoso Pedro: “tú tienes las llaves, pero no se te olvide que se trata de servir y no sólo de mandar”.

El tercer gesto tiene un perfecto paralelismo con el primero. Jesús se quita la toalla y se vuelve a vestir con su traje de fiesta (v. 12). Como se deduce del texto, no porque un obispo, un sacerdote, o un laico bajen a lavarle los pies al pueblo pierden su dignidad o su status social. Es más, en ese caso su status sería más creíble.

En consecuencia, la Eucaristía configura a la Iglesia desde el servicio al prójimo. Por lo menos esa es la impresión que le queda al lector bien intencionado: Si yo, que soy el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros (v. 14). Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes (v. 15). En todo caso, si alguien tiene duda de quién sea su prójimo, remítase a la parábola del Buen Samaritano, en la cual queda claro que la investidura sacerdotal y los grados académicos no aseguran el ejercicio de la misericordia (cfr. Lc 10, 25ss.).


2.
La Eucaristía, corazón de la Iglesia
Del texto evangélico de san Juan no es difícil pasar a la connotación litúrgica de la Eucaristía.

La afirmación central al respecto está expresada en n. 1324 del Catecismo de la Iglesia Católica, que encontramos también en el n. 11 de la Lumen Gentium: “La Eucaristía es fuente y cima de toda la vida cristiana”.

La Eucaristía es el corazón de la Iglesia y de la vida cristiana en general. Con una función de diástole y sístole. De sístole porque nos convoca durante la celebración de la Misa y otra de diástole porque nos envía a impregnar el mundo de servicio. Si esta dinámica no se cumple, algo gravemente negativo estará pasando en la relación Iglesia-Eucaristía.


3.
Las caricaturas de la Eucaristía
Como hemos intentado mostrar, la centralidad de la Eucaristía tiene fundamento bíblico y también doctrinal. Pero, ¿es posible que se den reducciones de la riqueza antes indicada?

Del texto bíblico del Evangelio de San Juan se deduce que la Eucaristía no se refiere solamente a las especies eucarísticas, sino que remite a una praxis eclesial y existencial de servicio en la caridad. Es evidente que Jesús primero lava los pies a sus discípulos y sólo después consagra el pan y el vino. Por tanto el gesto de servicio es condición para entender el gesto sacramental, que realizará en un segundo momento.

Ahora bien, dado que Jesús no da algo a sus discípulos, sino que se da a sí mismo. Entonces la Eucaristía, en sentido estricto, es una forma de vida, es un modo de estar en la historia, es una donación de la propia persona. Creo que San Ignacio de Antioquía no tendría reparos en que nos viéramos a nosotros mismos como “hostias vivas” deseosas de testimoniar aquello que hemos recibido como un don de parte de Jesús.

Pero, la tendencia actual en cierta parte de la Iglesia católica salvadoreña es la de acentuar el culto público a la Eucaristía en detrimento de su valor existencial y eclesial, alejándolo del modo como lo veían San Ignacio de Antioquía y toda la tradición patrística-.


3.1 Datos históricos sobre el culto a la Eucaristía
Conviene tener presente que los datos sobre el culto a la Eucaristía aparecen por primera vez en torno a la vida de Santa Dorotea (1394).

Las disputas teológicas en torno a la esencia del sacramento del altar dan inicio en el período pre-escolástico (s. IX) y coincide también con el apogeo del culto a las reliquias (s. X).

Berengario de Tours (1000-1088), negó abiertamente la transformación de los elementos eucarísticos, dándoles solamente un valor simbólico, lo que más tarde el Magisterio de la Iglesia denominará la transubstanciación. Las tesis de Berengario fueron condenadas por varios sínodos y tuvo que someterse a la autoridad de Gregorio VII en 1079. La estable definición de transubstanciación se dio en el IV concilio de Letrán (1215). Ese mismo concilio establece la obligación de la confesión y la comunión anuales.

Los textos patrísticos inculcaron la devoción a la Eucaristía, pero casi siempre lo relacionaban con la celebración de la misa. En cambio la novedad en el período pre-escolástico y escolástico radica en la adoración al santísimo, conservado fuera de la celebración de la misa.

En el siglo XII se da un aumento de la devoción al santísimo, públicamente expuesto. Pero el culmen se alcanza en el siglo XIII con la institución de la fiesta del Corpus Domini. Las primeras acciones que motivaron a su institución se suelen relacionar con una revelación privada del Señor a la beata Juliana de Lieja (1258), según la cual, Cristo mismo pedía una solemne manifestación en honor al sacramento del altar. Examinaron la pertinencia de la revelación el cardenal legado Ugo di San Caro y el archidiácono de Lieja, Jacques Pantaléon de Troyes. La sentencia de los dos personajes fue favorable. De inmediato el obispo de Lieja introdujo la fiesta en su diócesis en 1246.; lo mismo hizo el cardenal Ugo en territorio germano occidental. Mientras tanto, Pantaléon de Troyes, electo Papa en 1261, bajo el nombre de Urbano IV, extiende la fiesta a toda la Iglesia en 1264. Por encargo del Papa, Tomás de Aquino compuso los himnos Lauda Sion y Pange Lingua-Tantum Ergo.


Como es sabido, en los siglos posteriores, la reforma protestante no admitió la presencia real. Como contrapeso, en el s. XVI surge la práctica de las 40 horas eucarísticas.


3.2
Límites y desviaciones del culto a la Eucaristía
Según la doctrina de la Iglesia la reserva eucarística tiene como fin primario la administración del viático y la asistencia a los enfermos. En cambio, la distribución de la Eucaristía fuera de la misa y el culto a la Eucaristía son fines secundarios (cfr. Conc. de Trento, Denz.Sch. 1645; Pío X, Denz.Sch. 3375; Pío XII, Mediator Dei, AAS 39, 1847, 569; S. C. de Sacramentos, Instrucción Quam plurimum, 1 oct. 1949, AAS 41, 1949, 509-510; Instrucción de la S. C. de Ritos, 25 de mayo 1967, n. 49). Sobre la recomendación de no exagerar: Decreta authentica Congregationis sacrarum Rituum, Roma 1898-1927, n. 800. CIC c. 1274. Concilio de Colonia 1452. La Instrucción Eucharisticum Mysterium, n. 61. Instrucción De Sagrada Congregación de Ritos, 3 de septiembre de 1958, n. 47.

El Código de Derecho Canónico actual, cuando habla del culto público a la Eucaristía se muestra más bien moderado, recomienda que “como testimonio público de veneración a la santísima Eucaristía, donde pueda hacerse a juicio del obispo diocesano, téngase una procesión por las calles, sobre todo en la solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo (944 § 1). No habla en modo indiscriminado de adoraciones incontroladas al Santísimo. Es más, según el CIC, “corresponde al Obispo diocesano dar normas sobre las procesiones, mediante las cuales se provea a la participación en ellas y a su decoro” (944 § 2).

La impresión que se tiene en la Iglesia salvadoreña es que no existe control claro de parte de algunos obispos con respecto a la difusión de las adoraciones eucarísticas en espacios públicos. Cabe preguntarse si todos los párrocos piden permiso a su obispo cuando invitan a los sacerdotes promotores de las adoraciones públicas del Santísimo. Es más, cabe preguntarse si éstos rinden informe económico a su obispo de cuánto han tenido que pagar a los clérigos y a los ministerios que promueven ese tipo de evento?

Asimismo, es sano preguntarse si no se han puesto a pensar nuestros obispos que con la práctica indiscriminada y desordenada de la adoración al Santísimo se corre el peligro de banalizar su propia esencia. La trivialización del culto a la Eucaristía ¿no será signo de intereses bien distintos a los de promover la teología y la eclesiología del misterio eucarístico?

El aparato mediático de adoración al sacramento fomenta más la evasión y no tanto la convicción. Actualmente, muchos católicos piensan que asistir a una exposición del Santísimo es más importante –por lo que tiene de curativa y mágica- que la celebración misma de la misa. Otros están convencidos que exponer la hostia consagrada día y noche traerá resultados automáticos al proceso de evangelización.

Si la Eucaristía es fuente y culmen de la vida cristiana. Entonces, asistir a la misa debería ser sinónimo de celebrar los logros que nuestras comunidades están realizando en el proceso de la organización pastoral y evangelizadora. Ella misma sería la fuente de la que se nutrirían las comunidades para seguir evangelizando. Pero ¿cómo puede alimentar el proceso evangelizador una visión desvirtuada del sacramento del altar? Uno debería preguntarse cuando participa de la misa: ¿Qué es lo que estamos celebrando? Y ¿para qué? El culto a la Eucaristía no puede sustituir los procesos de evangelización, pues se trata de elementos complementarios no sustitutivos.

Por otra parte, la vida cristiana implica además la participación de los cristianos en la vida social y política. Es un error, dar a entender a las personas sencillas que participar de la misa o en una hora santa no tiene nada que ver con el compromiso de testimoniar la verdad y la justicia en el mundo.

De todos los aspectos negativos mencionados, la caricatura más terrible, la más nociva de todas, es la que ve a pastores de la Iglesia católica cobrando elevadas sumas de dinero por exponer el santísimo. Se ha llegado al punto de ya no querer celebrar la misa, sino simplemente llevar la hostia consagrada y exponerla, pues en el caso que hubiera misa, piden incluso llevarse la colecta. En este caso, el culto a la Eucaristía –en el modo en que lo entienden estos mercaderes de la fe- atenta contra la esencia misma de la Iglesia, íntimamente vinculada a la Eucaristía.

Por consiguiente, estos sacerdotes confunden y reducen la teología de la eucaristía con ese negocio que ellos llaman culto eucarístico.


4.
Desvirtuar la Eucaristía es atentar contra la Iglesia
De todo lo dicho se concluye, en primer lugar, que la Eucaristía es un elemento esencia de la Iglesia y esto es evidente en el amor y respeto que muchos cristianos manifiestan hacia ella.

En segundo lugar, hacemos notar que es nocivo para Iglesia misma el que se manipule ese sentimiento religioso de devoción a la Eucaristía para obtener beneficios materiales. No es un secreto para ningún párroco, que muchas veces se han organizado adoraciones masivas del santísimo con el único objetivo de recoger fondos para construir un salón parroquial, como si la Eucaristía pudiera ser manipulada para fines lucrativos.

De ahí el llamado a recuperar el sentido integral y originario de la teología eucarística y de su equilibrada praxis eclesial.

Para cerrar nuestra nota, dejamos para consideración del lector un par de textos eucarísticos provenientes de escritos patrísticos.

Dejadme ser pasto de las fieras, por las cuales se alcanza a mi Dios. Trigo soy del Señor, y en los dientes de las fieras debo ser molido para convertirme en pan purísimo de Cristo (Ignacio de Antioquía a los cristianos de Roma, s. II).

Estas palabras de Ignacio de Antioquía, causan risa a los negociantes de la Eucaristía, les suenan a mitología del pasado. ¡Claro! Lo únicamente cierto para ellos son sus cuentas bancarias y las fundaciones para lavar el dinero procedente de eso que ellos llaman culto eucarístico. Ustedes son Simón Mago resucitado (cfr. Hch 8, 9-24), le dan al pueblo remedios mágicos no soluciones reales. Y todavía les quedará tiempo para rasgarse las vestiduras cuando algún “Lutero contemporáneo” les escupa la verdad en la cara.


Por tanto, no perdamos de vista las cosas esenciales. Tertuliano solía decir:

Nadie me parecería más desvergonzado que quien con agua ajena es bautizado para otro dios, extiende las manos hacia cielo ajeno a otro dios, se postra en tierra ajena a otro dios, sobre pan ajeno da la acción de gracias a otro dios, de bienes ajenos hace beneficencia con nombre de limosna y de amor por otro dios
(Tertuliano, Contra Marción, s. II).

lunes, 19 de abril de 2010

"Carta abierta a los obispos católicos de todo el mundo", escrita por el teólogo Hans Küng


Joseph Ratzinger, ahora Benedicto XVI, y yo fuimos entre 1962 1965 los dos teólogos más jóvenes del concilio. Ahora, ambos somos los más ancianos y los únicos que siguen plenamente en activo. Yo siempre he entendido también mi labor teológica como un servicio a la Iglesia. Por eso, preocupado por esta nuestra Iglesia, sumida en la crisis de confianza más profunda desde la Reforma, os dirijo una carta abierta en el quinto aniversario del acceso al pontificado de Benedicto XVI. No tengo otra posibilidad de llegar a vosotros.
Aprecié mucho que el papa Benedicto, al poco de su elección, me invitara a mí, su crítico, a una conversación de cuatro horas, que discurrió amistosamente. En aquel momento, eso me hizo concebir la esperanza de que Joseph Ratzinger, mi antiguo colega en la Universidad de Tubinga, encontrara a pesar de todo el camino hacia una mayor renovación de la Iglesia y el entendimiento ecuménico en el espíritu del Concilio Vaticano II.
Mis esperanzas, y las de tantos católicos y católicas comprometidos, desgraciadamente no se han cumplido, cosa que he hecho saber al papa Benedicto de diversas formas en nuestra correspondencia. Sin duda, ha cumplido concienzudamente sus cotidianas obligaciones papales y nos ha obsequiado con tres útiles encíclicas sobre la fe, la esperanza y el amor. Pero en lo tocante a los grandes desafíos de nuestro tiempo, su pontificado se presenta cada vez más como el de las oportunidades desperdiciadas, no como el de las ocasiones aprovechadas:
- Se ha desperdiciado la oportunidad de un entendimiento perdurable con los judíos: el Papa reintroduce la plegaria preconciliar en la que se pide por la iluminación de los judíos y readmite en la Iglesia a obispos cismáticos notoriamente antisemitas, impulsa la beatificación de Pío XII y sólo se toma en serio al judaísmo como raíz histórica del cristianismo, no como una comunidad de fe que perdura y que tiene un camino propio hacia la salvación. Los judíos de todo el mundo se han indignado con el predicador pontificio en la liturgia papal del Viernes Santo, en la que comparó las críticas al Papa con la persecución antisemita.
- Se ha desperdiciado la oportunidad de un diálogo en confianza con los musulmanes; es sintomático el discurso de Benedicto en Ratisbona, en el que, mal aconsejado, caricaturizó al islam como la religión de la violencia y la inhumanidad, atrayéndose así la duradera desconfianza de los musulmanes.
- Se ha desperdiciado la oportunidad de la reconciliación con los pueblos nativos colonizados de Latinoamérica: el Papa afirma con toda seriedad que estos "anhelaban" la religión de sus conquistadores europeos.
- Se ha desperdiciado la oportunidad de ayudar a los pueblos africanos en la lucha contra la superpoblación, aprobando los métodos anticonceptivos, y en la lucha contra el sida, admitiendo el uso de preservativos.
- Se ha desperdiciado la oportunidad de concluir la paz con las ciencias modernas: reconociendo inequívocamente la teoría de la evolución y aprobando de forma diferenciada nuevos ámbitos de investigación, como el de las células madre.
- Se ha desperdiciado la oportunidad de que también el Vaticano haga, finalmente, del espíritu del Concilio Vaticano II la brújula de la Iglesia católica, impulsando sus reformas.
Este último punto, estimados obispos, es especialmente grave. Una y otra vez, este Papa relativiza los textos conciliares y los interpreta de forma retrógrada contra el espíritu de los padres del concilio. Incluso se sitúa expresamente contra el concilio ecuménico, que según el derecho canónico representa la autoridad suprema de la Iglesia católica:
- Ha readmitido sin condiciones en la Iglesia a los obispos de la Hermandad Sacerdotal San Pío X, ordenados ilegalmente fuera de la Iglesia católica y que rechazan el concilio en aspectos centrales.
- Apoya con todos los medios la misa medieval tridentina y él mismo celebra ocasionalmente la eucaristía en latín y de espaldas a los fieles.
- No lleva a efecto el entendimiento con la Iglesia anglicana, firmado en documentos ecuménicos oficiales (ARCIC), sino que intenta atraer a la Iglesia católico-romana a sacerdotes anglicanos casados renunciando a aplicarles el voto de celibato.
- Ha reforzado los poderes eclesiales contrarios al concilio con el nombramiento de altos cargos anticonciliares (en la Secretaría de Estado y en la Congregación para la Liturgia, entre otros) y obispos reaccionarios en todo el mundo.
El Papa Benedicto XVI parece alejarse cada vez más de la gran mayoría del pueblo de la Iglesia, que de todas formas se ocupa cada vez menos de Roma y que, en el mejor de los casos, aún se identifica con su parroquia y sus obispos locales.
Sé que algunos de vosotros padecéis por el hecho de que el Papa se vea plenamente respaldado por la curia romana en su política anticonciliar. Esta intenta sofocar la crítica en el episcopado y en la Iglesia y desacreditar por todos los medios a los críticos. Con una renovada exhibición de pompa barroca y manifestaciones efectistas cara a los medios de comunicación, Roma trata de exhibir una Iglesia fuerte con un "representante de Cristo" absolutista, que reúne en su mano los poderes legislativo, ejecutivo y judicial. Sin embargo, la política de restauración de Benedicto ha fracasado. Todas sus apariciones públicas, viajes y documentos no son capaces de modificar en el sentido de la doctrina romana la postura de la mayoría de los católicos en cuestiones controvertidas, especialmente en materia de moral sexual. Ni siquiera los encuentros papales con la juventud, a los que asisten sobre todo agrupaciones conservadoras carismáticas, pueden frenar los abandonos de la Iglesia ni despertar más vocaciones sacerdotales.
Precisamente vosotros, como obispos, lo lamentaréis en lo más profundo: desde el concilio, decenas de miles de obispos han abandonado su vocación, sobre todo debido a la ley del celibato. La renovación sacerdotal, aunque también la de miembros de las órdenes, de hermanas y hermanos laicos, ha caído tanto cuantitativa como cualitativamente. La resignación y la frustración se extienden en el clero, precisamente entre los miembros más activos de la Iglesia. Muchos se sienten abandonados en sus necesidades y sufren por la Iglesia. Puede que ese sea el caso en muchas de vuestras diócesis: cada vez más iglesias, seminarios y parroquias vacíos. En algunos países, debido a la carencia de sacerdotes, se finge una reforma eclesial y las parroquias se refunden, a menudo en contra de su voluntad, constituyendo gigantescas "unidades pastorales" en las que los escasos sacerdotes están completamente desbordados.
Y ahora, a las muchas tendencias de crisis todavía se añaden escándalos que claman al cielo: sobre todo el abuso de miles de niños y jóvenes por clérigos -en Estados Unidos, Irlanda, Alemania y otros países- ligado todo ello a una crisis de liderazgo y confianza sin precedentes. No puede silenciarse que el sistema de ocultamiento puesto en vigor en todo el mundo ante los delitos sexuales de los clérigos fue dirigido por la Congregación para la Fe romana del cardenal Ratzinger (1981-2005), en la que ya bajo Juan Pablo II se recopilaron los casos bajo el más estricto secreto. Todavía el 18 de mayo de 2001, Ratzinger enviaba un escrito solemne sobre los delitos más graves (Epistula de delitos gravioribus) a todos los obispos. En ella, los casos de abusos se situaban bajo el secretum pontificium, cuya vulneración puede atraer severas penas canónicas. Con razón, pues, son muchos los que exigen al entonces prefecto y ahora Papa un mea culpa personal. Sin embargo, en Semana Santa ha perdido la ocasión de hacerlo. En vez de ello, el Domingo de Ramos movió al decano del colegio cardenalicio a levantar urbi et orbe testimonio de su inocencia.
Las consecuencias de todos estos escándalos para la reputación de la Iglesia católica son devastadoras. Esto es algo que también confirman ya dignatarios de alto rango. Innumerables curas y educadores de jóvenes sin tacha y sumamente comprometidos padecen bajo una sospecha general. Vosotros, estimados obispos, debéis plantearos la pregunta de cómo habrán de ser en el futuro las cosas en nuestra Iglesia y en vuestras diócesis. Sin embargo, no querría bosquejaros un programa de reforma; eso ya lo he hecho en repetidas ocasiones, antes y después del concilio. Sólo querría plantearos seis propuestas que, es mi convicción, serán respaldadas por millones de católicos que carecen de voz.
1. No callar: en vista de tantas y tan graves irregularidades, el silencio os hace cómplices. Allí donde consideréis que determinadas leyes, disposiciones y medidas son contraproducentes, deberíais, por el contrario, expresarlo con la mayor franqueza. ¡No enviéis a Roma declaraciones de sumisión, sino demandas de reforma!
2. Acometer reformas: en la Iglesia y en el episcopado son muchos los que se quejan de Roma, sin que ellos mismos hagan algo. Pero hoy, cuando en una diócesis o parroquia no se acude a misa, la labor pastoral es ineficaz, la apertura a las necesidades del mundo limitada, o la cooperación mínima, la culpa no puede descargarse sin más sobre Roma. Obispo, sacerdote o laico, todos y cada uno han de hacer algo para la renovación de la Iglesia en su ámbito vital, sea mayor o menor. Muchas grandes cosas en las parroquias y en la Iglesia entera se han puesto en marcha gracias a la iniciativa de individuos o de grupos pequeños. Como obispos, debéis apoyar y alentar tales iniciativas y atender, ahora mismo, las quejas justificadas de los fieles.
3. Actuar colegiadamente: tras un vivo debate y contra la sostenida oposición de la curia, el concilio decretó la colegialidad del Papa y los obispos en el sentido de los Hechos de los Apóstoles, donde Pedro tampoco actuaba sin el colegio apostólico. Sin embargo, en la época posconciliar los papas y la curia han ignorado esta decisión central del concilio. Desde que el papa Pablo VI, ya a los dos años del concilio, publicara una encíclica para la defensa de la discutida ley del celibato, volvió a ejercerse la doctrina y la política papal al antiguo estilo, no colegiado. Incluso hasta en la liturgia se presenta el Papa como autócrata, frente al que los obispos, de los que gusta rodearse, aparecen como comparsas sin voz ni voto. Por tanto, no deberíais, estimados obispos, actuar solo como individuos, sino en comunidad con los demás obispos, con los sacerdotes y con el pueblo de la Iglesia, hombres y mujeres.
4. La obediencia ilimitada sólo se debe a Dios: todos vosotros, en la solemne consagración episcopal, habéis prestado ante el Papa un voto de obediencia ilimitada. Pero sabéis igualmente que jamás se debe obediencia ilimitada a una autoridad humana, solo a Dios. Por tanto, vuestro voto no os impide decir la verdad sobre la actual crisis de la Iglesia, de vuestra diócesis y de vuestros países. ¡Siguiendo en todo el ejemplo del apóstol Pablo, que se enfrentó a Pedro y tuvo que "decirle en la cara que actuaba de forma condenable" (Gal 2, 11)! Una presión sobre las autoridades romanas en el espíritu de la hermandad cristiana puede ser legítima cuando estas no concuerden con el espíritu del Evangelio y su mensaje. La utilización del lenguaje vernáculo en la liturgia, la modificación de las disposiciones sobre los matrimonios mixtos, la afirmación de la tolerancia, la democracia, los derechos humanos, el entendimiento ecuménico y tantas otras cosas sólo se han alcanzado por la tenaz presión desde abajo.
5. Aspirar a soluciones regionales: es frecuente que el Vaticano haga oídos sordos a demandas justificadas del episcopado, de los sacerdotes y de los laicos. Con tanta mayor razón se debe aspirar a conseguir de forma inteligente soluciones regionales. Un problema especialmente espinoso, como sabéis, es la ley del celibato, proveniente de la Edad Media y que se está cuestionando con razón en todo el mundo precisamente en el contexto de los escándalos por abusos sexuales. Una modificación en contra de la voluntad de Roma parece prácticamente imposible. Sin embargo, esto no nos condena a la pasividad: un sacerdote que tras madura reflexión piense en casarse no tiene que renunciar automáticamente a su estado si el obispo y la comunidad le apoyan. Algunas conferencias episcopales podrían proceder con una solución regional, aunque sería mejor aspirar a una solución para la Iglesia en su conjunto. Por tanto:
6. Exigir un concilio: así como se requirió un concilio ecuménico para la realización de la reforma litúrgica, la libertad de religión, el ecumenismo y el diálogo interreligioso, lo mismo ocurre en cuanto a solucionar el problema de la reforma, que ha irrumpido ahora de forma dramática. El concilio reformista de Constanza en el siglo previo a la Reforma acordó la celebración de concilios cada cinco años, disposición que, sin embargo, burló la curia romana. Sin duda, esta hará ahora cuanto pueda para impedir un concilio del que debe temer una limitación de su poder. En todos vosotros está la responsabilidad de imponer un concilio o al menos un sínodo episcopal representativo.
La apelación que os dirijo en vista de esta Iglesia en crisis, estimados obispos, es que pongáis en la balanza la autoridad episcopal, revalorizada por el concilio. En esta situación de necesidad, los ojos del mundo están puestos en vosotros. Innúmeras personas han perdido la confianza en la Iglesia católica. Para recuperarla sólo valdrá abordar de forma franca y honrada los problemas y las reformas consecuentes. Os pido, con todo el respeto, que contribuyáis con lo que os corresponda, cuando sea posible en cooperación con el resto de los obispos; pero, si es necesario, también en solitario, con "valentía" apostólica (Hechos 4, 29-31). Dad a vuestros fieles signos de esperanza y aliento y a nuestra iglesia una perspectiva.
Os saluda, en la comunión de la fe cristiana, Hans Küng.

Traducción: Jesús Alborés Rey